Propuesta 146 – Taller de CREATIVIDAD LITERARIA

taller de creatividad literaria-146Escribid en un máximo de 2.5000 caracteres un relato para adultos que tenga lugar en el comedor de una escuela infantil y en el que tengan un papel importante “los recuerdos de la infancia”.

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Prestad atención a los detalles sensoriales. ¿Qué olores caracterizan el lugar? ¿Cómo es la iluminación? ¿Hay ruido y bullicio o está vacío y tranquilo?

 

Contadlo desde el punto de vista de uno/a de los estudiantes.

 

Si necesitáis recordar cómo puede ser el punto de vista del narrador, podéis leer este artículo:
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Recordad que para contar los caracteres de un texto, podéis usar el menú Herramientas de Word o cualquier contador de caracteres en línea como estos:

 

 

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  2 comments for “Propuesta 146 – Taller de CREATIVIDAD LITERARIA

  1. Olalla Alonso Álvarez
    11 enero, 2018 at 22:00

    Mi nombre es Candela y tengo 11 años. Estudio en el colegio que hay enfrente de mi casa y hoy va a ser el último día que voy a ir al comedor. ¿La razón? Es el día antes de las vacaciones de verano, por lo que cuando acabe yo ya habré cumplido los 12 años y tendré que empezar el instituto.

    En estos momentos, todo los niños que se quedan a comer van entrando al comedor, que no es más que la sala de castigos con las mesas y las sillas recolocadas. Entro yo también. Hay menos jaleo que de costumbre, ya que muchos de los alumnos hoy tenían la excursión de fin de curso. ¡Qué recuerdos! No es que este año no la hayamos tenido, pero cuando se es más pequeño las cosas se ven de otra manera, menos mecanizadas y más naturales. Recuerdo aquel olor a queso de cuando nos llevaron a una fábrica de queso (valga la redundancia) y nos dejaron comer un bocata del mismo. Estaba delicioso. Ese mismo día también fuimos a una fábrica de miel. Volvimos a casa con un queso y un tarro de miel. Fue un día glorioso.

    Volviendo al momento presente, puedo oler los macarrones con tomate y chorizo que prepara la querida cocinera Rosi. Es un olor embriagador que te recorre todo el cuerpo y hace que te estremezcas. Ay, cómo los echaré de menos. La primera vez que los probé creía que había llegado al cielo. Pero próximamente estaré en un infierno al que llaman: instituto.

  2. Naddia
    14 enero, 2018 at 20:47

    A la una y media sonaba el timbre y se acababan las clases de la mañana. Patri y yo nos encaminábamos hacia el comedor. A veces había que esperar a que terminaran de comer las pequeñas y mientras intentabamos adivinar, por el olor, la comida del día. Cuando teníamos que esperar interceptábamos a una de las pequeñas que salía del comedor y le pedíamos un trozo de pan con gran escándalo de la monja que vigilaba y salía invariablemente a echarnos una bronca. El plato estrella era una empanada de bonito que agujereaba nuestro estómago, pero que nos dejaba muy contentas con su sabor contundente. También había algún otro que gozaba de popularidad como por ejemplo los huevos fritos con picatostes alargados y bechamel. Estos eran siempre segundos platos. Los primeros se correspondían un día y otro con legumbres o sopas. Mi mayor espanto eran las lentejas por un olor característico que no sabía decir qué era y que años más tarde descubrí que se correspondía con el sabor a jamón rancio. Hasta tal punto me horrorizaba que, una vez superada la etapa escolar, estuve muchos años sin probar las lentejas.
    El comedor era una sala gigantesca con dos hileras de mesas muy grandes. En cada mesa nos sentábamos diez. Mi misión era siempre intentar que los primeros platos no pasaran por mi cuerpo, sobre todo las lentejas. Normalmente lo conseguía aunque alguna vez la monja se daba la vuelta de repente y justo me encontraba en su ángulo de visión. En tal circunstancia se dirigía como una flecha hacia mí, agarraba el cucharón y me echaba dos o tres cazos. La justicia divina caía sobre mí. No se puede ganar siempre- pensaba yo – aunque eso no impedía que siguiera intentándolo.
    El suelo del comedor tenía un fondo gris con baldosas que hacían un dibujo de flores geométricas en negro, blanco y rojo ladrillo. El bullicio de cien niñas comiendo, que parecían mil, era muy característico aunque no excesivo porque la monja vigilaba por el pasillo central de arriba abajo sin que se le escapara ningún detalle o casi ninguno.

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