Propuesta 43 – Taller de CREATIVIDAD LITERARIA

taller-de-creatividad-literaria-43Hoy vamos a volver a utilizar la técnica de “relacionar palabras”.

 

Escribid una historia de máximo 2.200 caracteres en la que aparezcan las siguientes palabras:

 

 

-composición
-tapadera
-salchica
-excavadora
-tristeza
-salida
-oleaje


Recordad que para contar los caracteres de un texto, podéis usar el menú Herramientas de Word o cualquier contador de caracteres en línea como estos:

 

 


Enviad vuestros textos en el espacio para los comentarios.

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  3 comments for “Propuesta 43 – Taller de CREATIVIDAD LITERARIA

  1. Azul Bernal
    17 Octubre, 2016 at 05:00

    Un oleaje de tristeza me invadió de inmediato. El policía me informaba de su muerte. Con el pecho apachurrado y los ojos desorbitados, no podía dejar de repetir su nombre. Su esposa embarazada y su hijita de tan sólo un año acababan de quedar desamparadas y aún no lo sabían. Pero yo no tenía ni la menor duda de que no se trataba de un accidente. No. La excavadora lo había aplastado, pero detrás de ello habían intención y motivo. La semana anterior justo me había estado contando que tenía miedo porque había cachado a su jefe en una jugada chueca, muy chueca para la que ya no había tapadera. Pedí al policía que me esperara un minuto, me dirigí al piano y tomé la composición que para él estaba yo escribiendo. En ese momento sentí que llevarla conmigo era una forma de tomarle a él la mano. Me dirigí hacia la salida, me encontré con el policía, al que interrumpí mientras comía una salchicha. ¿Le contaría acaso que me parecía un homicidio? ¿Y si la policía también estaba coludida?

  2. Narradora de Cuentos
    17 Octubre, 2016 at 22:58

    Un día más empieza mi rutina a hora temprana. Son las seis de la mañana , el momento en el que me siento más libre de pensamiento, en el que nada más abrir los ojos a la salida del sol, gusto por contemplar el oleaje desde mi ventana.
    La mar hermosa, bravía ó calma me da cierta tristeza y añoranza, me transporta más allá de la composición poética, de la plasticidad del paisaje, a los días de mi niñez, en los que el abuelo fiel a su promesa, me dedicaba su jornada de descanso, se olvidaba de su cotidiana excavadora y se hacía conmigo más de 100 kms. de ida , en su destartalada furgoneta y otros tantos de vuelta, para que su querida nieta, disfrutara del mar…
    No sé quién era más criatura de los dos en aquellas escapadas; el abuelo que era capaz de comportarse como un niño chico enfurruñado, si la abuela le requería para algún quehacer cotidiano que truncara nuestras ínfulas de aventura, ó yo que montaba una buena pataleta si alguna de aquellas circunstancias, nos dejaba sin poder acudir a nuestra cita …

    Siempre supe, que querría acabar viviendo frente al mar, reviviendo con cada una de sus olas la complicidad de aquellos días …

    Con la energía de la niña que fui adherida a la piel, salgo corriendo hacia la orilla y abandonando mi ropa, me zambulló dispuesta a revivir el maravilloso día en el que el abuelo me enseñó a nadar, convirtiéndome en mi ensoñación en una preciosa sirena…

    Al salir del agua, la brisa me estremece, y me devuelve al presente; las arrugas me recorren hoy el rostro, pero no he perdido un ápice de ilusión .
    Presurosa me visto y vuelvo feliz hacía la casa, Hector no tardará en reclamarme para el desayuno, al salir lo dejé peleándose entre fogones, con unas salchichas con huevos revueltos.
    Me lo encuentro al acercarme al porche, canturreando y sujetando la tapadera de la vieja cafetera rezumando café. Elevando sus adorables ojos azules, recitándome mudos que todavía me quieren , siento que he vivido y vivo una apacible vida, bendecida también con el amor.

    Risueña, se dice así misma que el abuelo sonreiría viéndola feliz …

  3. 18 Octubre, 2016 at 00:58

    —¡El cuadro te ha quedado perfecto! —La sonrisa halagadora parecía muy sincera.
    —Muchas gracias, maestra —se atropellaron las sonrojadas palabras de la niña.
    En el taller de fotografía le habían asignado una composición que incluyera objetos sin relación como una tapadera, una salchicha y una excavadora. ¡Tamaña tarea! Se había asombrado la pequeña.
    —Tío —dijo la niña—. Si me dejas tomarte unas fotografías en el trabajo, te regalo todas estas salchichas.
    —Claro —aceptó el hombre—. Sólo porque eres mi sobrina consentida.
    Se sintió rebosante de creatividad cuando pidió al tío que colocara la excavadora sobre una tapa del drenaje pluvial y le pidió que se comiera una salchicha. Así tomó una de las fotografías. Pero la que eligió para le exposición fue la foto donde hizo llover salchichas.
    Laura había entrado al taller de fotografía cuando se había comenzado a portar algo deprimida con la llegada de la pubertad. Sus padres, preocupados la llevaron con varios doctores y psicólogos, hasta que descubrieron su pasión por las cámaras y las fotos.
    Cuando cambió las muñecas por las cámaras, su pasión le había hecho olvidar a sus amigos imaginarios y a sus amores infantiles no correspondidos. Ya, también, había restado poder a quienes la querían molestar en la escuela.
    Cuando su maestra reconoció su talento con “La lluvia de salchichas” los padres y los tíos de Laura reconocieron que la tristeza ya había encontrado la salida de su vida. Vestía siempre una sonrisa sobre sus alegres atuendos y entonaba canciones de moda siempre que podía.
    La estrategia de sus padres la estaba preparando para el oleaje emocional de la adolescencia.

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